2018 no fue un accidente; fue un tsunami.

El triunfo de 2018 fue el resultado de décadas de inconformidad acumulada por la corrupción, la impunidad, la inseguridad y el desgaste de un sistema que perdió la confianza de millones de mexicanos. La fuerza del cambio fue tan grande que se convirtió en un auténtico tsunami político.

Pero todo tsunami arrastra de todo: mujeres y hombres comprometidos con la transformación, sí; pero también oportunistas, improvisados y quienes simplemente cambiaron de partido para conservar privilegios.

La elección de 2024 confirmó que la mayoría de la ciudadanía mantiene su respaldo al proyecto de transformación. Precisamente por ello, ha llegado el momento de fortalecerlo desde dentro.

La mayor amenaza para cualquier movimiento no siempre proviene de la oposición; con frecuencia surge desde su interior, cuando se toleran la corrupción, el abuso del poder, el oportunismo, chapulineo y la traición a sus propios principios.

La transformación no se fortalece justificando errores, sino corrigiéndolos. Las elecciones de 2027 representan la primera gran oportunidad para iniciar esa depuración desde las urnas: renovar la confianza en quienes honran los principios del movimiento y retirar el respaldo a quienes los han traicionado.

El tsunami ya pasó. Ahora es tiempo de limpiar lo que arrastró.

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