Ante la incertidumbre, la oportunidad es el mercado interno
LA INCERTIDUMBRE
El mercado interno debe convertirse en una de nuestras principales fortalezas y resguardos.
Durante las últimas cuatro décadas, la economía mexicana ha crecido a un promedio cercano al 2% anual. Entre 2019 y 2024 el crecimiento promedio anual fue cercano al 0.9%, afectado por un periodo de transición económica, la pandemia y una recuperación que no logró consolidar un ritmo sostenido.
En 2025 el crecimiento volvió a ser muy bajo y, aunque en 2026 comienzan a observarse señales de recuperación, el reto es convertir esa mejoría en crecimiento estable y duradero. Un factor que ha contribuido a sostener la economía ha sido el consumo interno. El desafío es lograr que una mayor proporción de ese poder de compra se traduzca en producción, proveeduría y empleo nacionales.
Por otra parte, uno de los factores que mayores expectativas ha generado por su enorme potencial es la relocalización de inversiones, conocida como nearshoring. Sin embargo, hoy enfrenta un obstáculo difícil de ignorar: la incertidumbre.
México mantiene una relación profundamente integrada con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial. Las tensiones arancelarias y el proceso abierto tras la revisión del T-MEC en julio de 2026 mantienen interrogantes para las inversiones de largo plazo. Al no acordarse la extensión del tratado en sus términos actuales, el T-MEC prevé revisiones conjuntas anuales hasta 2036. La incertidumbre comercial puede prolongarse durante años.
Una empresa que analiza trasladar su producción desde Asia evalúa inversiones que deben ser rentables durante décadas. Para ello necesita reglas claras, estabilidad y previsibilidad. Además, más del 80% de nuestras exportaciones se dirigen a Estados Unidos. Esta integración ha sido una fortaleza, pero también una vulnerabilidad cuando cambian las condiciones externas.
México no debe renunciar a su capacidad exportadora ni desaprovechar el nearshoring. Pero tampoco podemos hacer depender nuestro crecimiento de decisiones externas. Es momento de mirar hacia otra gran oportunidad: el mercado interno.
En los últimos años, la recuperación del salario mínimo y del ingreso laboral ha fortalecido la capacidad de compra de las familias. Ese mayor poder adquisitivo puede impulsar la producción nacional, pero importa hacia dónde se dirige el consumo. Si se orienta principalmente a productos importados, parte de ese impulso beneficia a la producción y al empleo de otros países.
El desafío es que una mayor proporción del consumo se traduzca en demanda para empresas y productos nacionales. Para ello, nuestras MiPyMEs requieren tecnología, conocimiento, financiamiento y capacitación para competir en calidad y precio.
Existe además una segunda oportunidad. Alrededor del 80% de las importaciones mexicanas corresponde a bienes intermedios: insumos, componentes y materias primas que requiere nuestra industria. Fortalecer el mercado interno implica producir competitivamente más bienes de consumo final y desarrollar proveedores nacionales capaces de abastecer una mayor parte de esos insumos.
No se trata de cerrar fronteras, sino de construir un círculo virtuoso: mayor ingreso, mayor consumo de productos nacionales, mayor producción mexicana, más proveedores, más empleo y mejores salarios.
La discusión económica no debería limitarse a cuántas plantas extranjeras llegarán o cuánto exportaremos. También debemos preguntarnos cuánto de lo que consumimos y de los insumos que requiere nuestra industria puede producirse competitivamente en México.
Ahí puede encontrarse uno de nuestros mayores motores de crecimiento para las próximas décadas.
México debe seguir exportando y aprovechando su ubicación en Norteamérica, pero al mismo tiempo construir una economía menos vulnerable a decisiones externas.
No podemos depender de la certidumbre ajena para prosperar.
